lunes 13 de julio de 2009

Reflejo


“Y si pasan mil más y no suena, qué importa. Ya no espero ni desespero; sólo observo el pasado inmortalizado en mis retinas cada vez que te pienso frente al espejo que hoy refleja, brillante y absurdo, ecos de un perpetuo amor que descansa bajo el mármol de lo aprendido.”

martes 30 de junio de 2009

Exorcismo necesario


Insistí. Caí en la tentación de avanzar otro paso. Merecía saber la verdad y una mentira fue el atajo para comprender que no todo es como quisiéramos. Escuché atentamente una vez más. Repetiste el mismo discurso, tan incongruente como siempre. Incoherencia resignificada por una pasión vuelta cenizas que negaba realidades hechas piel y hueso. Negociamos un futuro cercano con cese de hostilidades. Los términos en épocas de guerra son esos y nos los ocultaré. El fuego cruzado nos convertía en rehenes de nuestra propia lucha. El orgullo mal entendido sólo es vana vanidad. Sin motivos ni fundamentos. No queríamos perder y esa sola razón bastaba para enfrentarnos. Opuestos complementarios, una irresistible paradoja. Intentábamos matarnos para no morir. Porque somos causa y razón de nuestro destino. Dos éramos demasiado en aquella habitación que transmutaba mundos. Necesitábamos espacio vital para sobrevivir. Amor y odio en pugna por un corazón que se alimentaba de ambos para latir. Refregábamos en nuestras caras antiguas heridas de batallas pasadas, enloqueciendo al pensar que esta sería la última. La necesidad, el desgraciado estímulo para verte caer. Aborrezco el día que te amé como aquel en que se cruzó por mi cabeza hacerte daño. Nuestra voracidad, mutuamente indigerible ante aquel banquete que avizoraba terror y más. Ambos sabíamos que no era posible. O convivíamos en el pecado que habíamos creado para resistir o moríamos intentando anularnos. Sos mi demonio, pero te necesito.

martes 12 de mayo de 2009

La Voz


Deseaba volver a escuchar su voz. No hacía tanto tiempo que el destino se había cobrado otra víctima en mi vida. La decisión de hacerlo fue larga y penosa. Volver no es siempre aquel anhelo tanguero al que tan acostumbrado nos tiene nuestro porteño y melancólico devenir. Cuando intenté recordar su número telefónico vinieron a mí los recuerdos sellados por el dolor de haberla perdido meses atrás.
¿Cómo no elegir ese camino que nos lleva a un negado encuentro? ¿Cómo no haberla apoyado en su búsqueda cuando lo necesitó? Quizás una pregunta por cada número que marcaba era la mejor opción antes de que comenzara la espera.
La soñé dos días antes. Recibiéndola en el aeropuerto. Recuerdo las horas pasar entre el ensordecedor ruido de motores Boeing y mi cabeza retumbando en los duros asientos típicos de las salas de abordaje. El dato de su vuelta fue inexacto, como todo en nuestra historia. Entredormido creí verla, nunca supe si era parte del imaginario fantástico que fue mi vida durante su ausencia o si realmente pasó frente a mí, con sus valijas repletas de sueños realizados y promesas por cumplir de regreso. Cansado de esperarla volví a la seguridad de mi hogar, con todo lo material que me rodea en el vacío más hostil que sentí en años, con la sensación de que estaba nuevamente en el país. Mi instinto actuaba por inercia. Perdí la noción y la medida. Nada era poco. Poco era nada. Conté las horas, los días, las semanas. Pero no recibía señales suyas
Recibí seis cartas. Una por cada mes desde su arribo al Viejo Continente. Luego cesaron, como mis lágrimas al leer cada una de sus líneas sabiendo que lejos estaba de volver. Intenté olvidarme de todo. Besé otras bocas y me vengué. El despecho, muchas veces, tiene aspecto de necesidad y juro que fui el más necesitado. No me arrepiento del mal que hice porque fue necesario para sentirme seguro de mi otra vez. Sentirla correr por mis venas nuevamente fue una droga que intenté resistir pero como todos los pecados de la carne imposible fue negarme. ¿Qué me diría? ¿Se acordará de lo nuestro? Lo pensé mil veces: el dolor y la alegría de volver a hablar con ella se entremezclaban. Once meses se transformaron en cadena perpetua. Y la prisión, nada más y nada menos que la propia conciencia de haberla dejado ir jugando al desapego, de no haber tenido el coraje de sentir el amor que después me caló los huesos. El cobarde paga un precio muy alto y la prueba fue haberme transformado en un fantasma que asusta a propios y extraños, en busca del perdón que no escuchan sus oídos sordos por el sonido mortal de la lejanía.
Alguien atiende mi llamado. Era su voz, un poco más ronca, más dulce y madura. - ¡Hola! – me dijo cuando me animé, después de varios segundos, a decirle quién era. Pensé en contarle todo. Mi sufrimiento y el calvario de extrañarla así, como a la propia vida, de mi espera en el aeropuerto, pero había pasado un año desde su partida y lo imaginé como un gran error. Recordé que sólo necesitaba escucharla – o al menos de eso intenté convencerme -. La conversación no duró más que minutos y dominaron los silencios, como los espacios en blanco que se adueñaron de mi memoria luego de saberme no elegido en su destino. No trascendió más que una charla entre dos que alguna vez se quisieron y hoy presienten olvido, borrón y cuenta nueva. Estaba de vuelta, cerca de mí; bastó para alguien que nunca volvió a acercarse a nada.
Esa noche dormí como el condenado a muerte vive sus últimos minutos de vida. Merecí morir al dejarla alejarse de mí sin dar pelea. Hoy muero por ella, cansado de luchar para olvidarla.

lunes 13 de abril de 2009

Puertas


Deambulaba por un oscuro pasillo. Paredes blancas apenas divisibles por un sutil hilo de luz que asomaba por la rendija de una ventana tapiada. El tacto, mi mejor amigo en un ambiente especialmente creado para confundir a todos los sentidos. Enemigo íntimo de mi soledad, necesitaba escuchar una voz amiga, perdida entre ecos profusos escurriéndose por los rincones de la construcción, que lánguidamente comenzaba a cobrar forma, al menos en mi cabeza. Cuando la vista se ve forzada a cumplir su función primaria, el esfuerzo provoca un suave silbido dentro de la cabeza que pareciera acallar todo lo demás. Cuando toco mi cuerpo lo siento desnudo. El frío comienza a entumecerme y no encuentro la salida. Herméticos muros la escalofriante prueba de mi encierro. Me acerco a la pequeña lumbrera y su as luz se aleja con cada paso que doy hacia ella. Un plan, sin dudas, urdido sólo por la maestra suprema del engaño: la mente. Pero la conclusión sólo me confunde aún más. -¿Acaso sé que sueño mientras lo hago? – me pregunto dentro de la lúgubre escena. Intento seguir mis pasos, tocando, con los brazos extendidos, las paredes laterales de un pasillo que, lentamente, empezaba a encogerse. Verticales de concreto macizo, rugosas y ásperas, sentía como latían en torno mi las paredes de una prisión ilusoria propia. Contuve la respiración por un segundo al notar un alto en la superficie. Sentir el vacío es una experiencia que rara vez se puede expresar con palabras. Es como si tu cuerpo pesara lo que una pluma en el aire y todos los sentidos se paralizaran al mismo tiempo. De pronto, la luz. Un paso más al frente y… La Nada. Vuelvo mi vista y veo el pasillo, ahora tenuemente iluminado. Seis puertas ubicadas estratégicamente a cada lado del recinto. Intento acercarme al notar que en cada una de ellas hay una inscripción. Sólo puedo ver las tres más cercanas porque una fuerza impide que mueva tan sólo un cabello de mi cuerpo. Son nombres. Nombres de mujer. Con sus apellidos y todo. Los reconozco a primera vista y el orden es claro. La más inmediata, mi última pareja. La que le sigue, la anterior a ella. Sólo puedo reconocer, por la poca iluminación, tres féminas más. Todas responden al mismo patrón en orden temporal. Intento contemplar un escenario que se presentaba como ideal de un marco onírico apto sólo para mí. De pronto, y con la intempestividad que sólo los sueños dejan en nuestra memoria, una ráfaga de calor amenaza con quemarme la espalda. En un segundo siento las llamas por mi cuello, rodeándome en cada vértice de mi cuerpo. Instantáneamente, intento darme vuelta y lo consigo. Pero el vacío que segundos antes tenía detrás ahora tan sólo era final de aquel pasillo que parecía infinito. Allí estaba ella. La ultima de las puertas. La que miré por minutos. La que se abrió sola ante mí. Entré, sólo, desnudo y con frío. Indefenso como si recién hubiese nacido. El miedo me invadía a cada latido de mi corazón pero era él quién me empujaba a lo que sentía como la prueba final.
Recuerdo la última escena. La mirada sobre el pasillo, viéndome de espaldas, habiendo cruzado la entrada. La puerta que se cierra detrás de mí y las iniciales de su nombre que se marcaron a fuego en la madera. Aquellas letras que significarían un nuevo amor o quizás el verdadero, ese que todos esperamos...

Mis ojos se abrieron y al pensar descubrí que ya no las recordaba. Despertar fue el paraíso, ¿o no?

lunes 16 de febrero de 2009

Los tres caminos



Aceptar

“Respirando el último aliento monoxídico de tu paisaje, que ni el verde de la selva que creí vivía en ti, pudo evitar el ahogo del que presa del tiempo implacable soy… Intentando llenar los pulmones de un vínculo cansado de ser un eterno exhalar de recuerdos”

Temer

“El desafío de la acción y la mueca absurda del que escapa sabiendo un secreto a puertas abiertas, la batalla perdida que los días le devuelven al ilustre luchador de los anónimos”

Intentar

“Viendo los árboles, que abonados por el sustento que sólo la muerte vuelta humus les da, entendió que la mejor manera de no echar raíces es la superficie del devenir calmo y pasajero del hijo del hacer”



La trampa: El atajo que es la forma sin sustancia del que huye de su propio camino
El secreto: Confiar en uno mismo
El consejo: Nunca llegues tarde al funeral de tu pasado.

martes 3 de febrero de 2009

Un poco de periodismo (y autobombo)


Como primer post de este año, acá va una muestra de mi laburo como corresponsal de prensa musical para http://www.argentina.ar/... El Festival de Cosquín me dejó muchas experiencias geniales. Una fue esta. Diez noches, diez crónicas....


Luna 5: Un demonio vestido de mujer


"Cuando desperté, pasadas las nueve de la mañana, pensé que aún soñaba y una quimera me había llevado de paseo por Londres. Pero no, una niebla espesa bajaba del cerro y lo que había comenzado como una tenue lluvia de verano se transformó en una tormenta que se prolongó hasta bien caída la tarde. Intenté salir, pero cuando por al lado pasó volando la sombrilla del viejo bar “Las Vegas” cambié de opinión.Sin otra opción, me subí a la nocturnidad coscoína que empezó temprano, ávida de acción después de un día de encierro total. Las calles se poblaron de los personajes de siempre pero esta vez me detuve en la peña de Santiago del Estero - sobre la Plaza del Folclore - , que días antes supo darme otras alegrías artísticas, y lo escuché. Ramón Álvarez, santiagueño nato, guitarra al hombro, unos cuantos bellos versos y recién llegado de La Banda, no llegaba a los 20. Esperé a que terminara su presentación y me acerqué buscando alguna reflexión. Y una vez más encontré la adrenalina de los que aman su trabajo y eligen por vocación el arte: “canto desde los trece y espero morir cantando”, me dijo.

La Próspero Molina no estuvo en plenitud como la jornada anterior debido al frío que realmente era intenso. Pero Los Cuatro de Córdoba no tardaron en calentar la noche y antes de despedirse, a pura chacarera, la plaza era una gran pista de baile. La joya de la velada central en el escenario Atahualpa Yupanqui fue la presentación del dúo Malossetti - Goldman, quienes cerraron su performance con cien charanguistas de varias partes del país y del mundo sobre las tablas, e hicieron de la puesta en escena un momento inolvidable de esta quinta luna.La noche entraba en su punto justo cuando decidí recorrer una peña joven en busca de un demonio vestido de mujer. Me habían hablado de ella pero el consejo siempre fue “tenés que verla y después charlamos”. Entonces hacia allí fui, por la avenida San Martín hasta la peña de Paola Bernal, por el momento, la más innovadora. Cuando entré, la artista plástica Mariana Alasino pintaba un mural. Y finalmente, alrededor de las cuatro, apareció. No se equivocaban, Micaela era su nombre terrenal, pero sin dudas, sobre el escenario era el diablo más angelical que conocí. Su Grupo: Santa Diabla. Me fui lleno de música para el corazón y deseando el sol que hoy, mientras escribo esta crónica, asoma por la ventana de la habitación. La luna seis promete mucho y volveré a apostar… Una vez más.

Personajes


Santa Diabla

Micaela Farias Gómez, con una presencia escénica que desborda personalidad, hipnotizó al público con su fina mistura entre los ritmos criollos y latinoamericanos hasta fundirlos en uno. Con una banda ajustada y contundente, los seis temas que interpretó fueron delicias sonoras en medio de una cena musical que se extendió casi una hora. De Buenos Aires y sin el prejuicio de ser “la hija de”, cerró la presentación invitando a su padre, el “Chango”, para homenajear a la música colombiana en una canción que transformó la peña “De la piel al alma” en un hervidero de voces que no paraban de corear su nombre.


Ramón Álvarez

De La Banda, Santiago del Estero, este niño devenido en joven cantor de su tierra, sacó una sonrisa a quienes lo vieron actuar frente a la Plaza del Folclore. Un nuevo talento se asoma y viene con la fuerza de los que saben que pueden porque tienen lo necesario.


Corresponsal: Leandro Montivero (lmontivero@medios.gov.ar)


Para ver la crónica original:

martes 30 de diciembre de 2008

¡Chau 2008!

Este año se llevó hasta mis ganas de escribir... ¡feliz 2009! Y espero que las ideas vuelvan a mi cabeza en algún momento